Por Mariela Franzosi

Escena uno: ¿Qué hice yo para merecer esto?
Interior de mi casa. Junio de un año fuera de lo común, de uno que definitivamente nadie esperaba. Una tarde cualquiera. Respiro profundo. Cierro los ojos. Dejo que el aire salga lentamente y vuelvo a inspirar. Trato de mantener la paciencia. Apenas lo logro, pero me agarro fuerte de ese pequeño hilito que queda para no colapsar. Es la tercera vez que le explico a mi hijo de sexto grado, que bufa enojado, que lo que tiene que hacer es comparar los efectos del paso del huracán Matthew por Florida y Haití, y completar el cuadro de acuerdo a lo que se informa en las noticias que le dieron para leer. Buscar indicadores de salud, alimentación, vivienda. No es que sea difícil, pero él está tan enojado con la situación que no quiere saber nada. No quiere leer, no quiere pensar, no quiere escribir, no quiere interpretar. Me enfrenta como si yo tuviera la culpa, me discute lo que le explico. Y yo… ¿qué tengo que ver yo? ¿En qué momento quedé a cargo de su desempeño escolar, de enseñarle, de acompañarlo en las búsquedas de información, de explicarle matemáticas (algo que apenas entiendo), de guiarlo en sus experimentos de ciencias, de grabarlo cuando tiene que cantar o de enseñarle a editar un documento de word para poder después subirlo a una plataforma hasta hace días desconocida y mandárselo a la “seño”? ¿Por qué tengo que lidiar con sus tareas escolares y con el mal humor que esto le produce?
Respiro profundo otra vez. El aire entra lento, frío. Y sale lento, caliente. Trato de concentrarme en lo que me dice, de escucharlo para que termine, total responder el mail que me manda mi jefa puede esperar. ¿Puede esperar? ¿Qué es más importante? ¿Mi trabajo, su educación? Soy madre, empleada y docente involuntaria, sin vocación.
Desde el domingo 15 de marzo, cuando el presidente Alberto Fernández anunció la suspensión de las clases por tiempo indeterminado en el marco de la pandemia por COVID-19, este aislamiento preventivo, social y obligatorio me tiene atrapada en mi casa junto a mi familia. En la misma situación que yo (e incluso peor, claramente) estamos infinidad de mujeres desde hace ya más de cinco meses. La triple carga que implica el trabajo doméstico, el trabajo asalariado y el sostén en la tarea de los niños y las niñas en edad escolar profundizó aún más la diferencia en el uso del tiempo que aplica a varones y mujeres en nuestra sociedad.
En 2014 (el último dato en este sentido que está disponible), el INDEC publicó la Encuesta sobre Trabajo no Remunerado y Uso del Tiempo en la que se concluye que las mujeres destinan, en promedio, casi seis horas diarias al trabajo de cuidado no remunerado (esto incluye tareas domésticas, cuidado de personas dependientes y apoyo escolar), contra las dos horas que los varones le dedican a estas tareas cada día. En base a esa encuesta, la Subsecretaría de Programación Macroeconómica del Ministerio de Economía elaboró durante el año 2015 un documento de trabajo en el que se indica que “dentro del trabajo doméstico no remunerado, la mayor tasa de participación de las mujeres es en quehaceres domésticos (86,7%), seguido de cuidado de personas (31,3%) y por último apoyo escolar (19,3%). Sin embargo, es en esta última actividad donde la brecha entre varones y mujeres es más amplia, mostrando una carga mayor para ellas en lo que refiere a la educación de los miembros del hogar”.
Esta situación se refleja en el reciente informe de la Dirección de Economía, Igualdad y Género -una de las áreas creadas por el nuevo gobierno nacional dentro del Ministerio de Economía-, denominado “Los cuidados, un sector económico estratégico”, en el que por primera vez se establece cuánto aporta al producto Bruto Interno (PBI) del país (que es el valor generado por todxs nosotrxs con nuestro trabajo diario) el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, ese del que nos encargamos principalmente las mujeres: un 15,9 por ciento. Es decir, un total de 4.001.047 millones de pesos al año si lo pasamos a valor moneda. De esa cantidad, el 75,7 por ciento proviene de tareas realizadas por mujeres, lo que implica un total de 3.027.433 millones de pesos al año.
Si volvemos al actual contexto de pandemia y aislamiento, encontramos que el Foro Económico Mundial -también conocido como Foro de Davos- publicó un informe (disponible en inglés) que afirma que las consecuencias del coronavirus son peores en las mujeres. No se refiere a las condiciones de contagio o mortalidad, sino justamente a que al ser las mujeres quienes tienen aún la mayor parte de la responsabilidad en el cuidado de niños y niñas, son las principales afectadas por el cierre masivo de escuelas. A esto se suma el hecho de que son mujeres la mayoría de las personas que trabajan en salud y asistencia social y que, por lo tanto, están en la primera línea de lucha contra el COVID-19. Por último, se suma que el cuidado de familiares contagiadxs por el virus aumenta la carga sobre ellas, que realizan tres veces más trabajo de cuidado no remunerado que los hombres, según cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
El estudio de la Dirección de Economía, Igualdad y Género también evalúa cómo esta situación se vio agravada con la pandemia: mientras diversos sectores productivos presentaron caídas en su nivel de actividad, el trabajo de cuidados y doméstico, por el contrario, aumentó su nivel al 21,8 por ciento del PIB: es decir, muestra un incremento de 5,9 puntos porcentuales con respecto a la medición “sin pandemia”.
Escena dos: Zoom de madres desbordadas
Nuevamente interior de mi casa (por razones obvias: no podemos salir). Terminamos la cena y la mesa se vuelve a transformar en escritorio. Abro la computadora y armo la reunión de Zoom. Son las 22 y recién a esta hora podemos juntarnos porque más temprano es imposible organizar. Somos cuatro mujeres y entre todas sumamos 8 pibis de entre 4 y 15 años. La cuestión es que entre las tareas de les chiques, los trabajos de las madres y las cosas de la casa no es fácil encontrar un hueco libre. Claro. De eso se trata. No queda hueco libre. Pero le ponemos garra y acá estamos, en esta especie de catarsis y contención sorora.
Carla Laplace y Analía Irrazábal tienen muchas cosas en común: ambas son bailarinas, profesoras de danza, tienen dos hijos varones y están casadas con personal técnico de televisión, por lo que ellos nunca dejaron de asistir a sus lugares de trabajo. Los hijos de Carla, Mateo (4) y Juano (7), van al Instituto Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield, en Liniers. Los de Analía, Eugenio (5) y Camilo (8), van a la escuela Asunción de la Virgen, en Olivos. En el Zoom también está Isabel Gelly, que trabaja fuera de su casa solo los sábados y está separada del padre de Facundo (6) y de Mora (11), que van a una escuela pública del barrio porteño de Caballito. Las tres son madres que trabajan mientras crían, y cocinan y limpian mientras que enseñan. Y ahora más.
Carla es la que rompe el hielo: “Nunca pensé que esta cuarentena iba a ser tan larga. Ahora ya creo que es eterna. Y todo es un caos. No doy más. De repente soy cocinera, mujer de la limpieza, lavandera, maestra, trabajadora. Soy todo. Es agotador”.
Agotador. Agobiante. Inhumano. Eterno. Cansador. Un caos. Estas palabras se repiten cual karma de desesperación. Si bien durante estos meses las exigencias de cada una de las escuelas fue variando y las tareas y propuestas que les llegaban fueron mutando, ellas son las que asumieron desde el principio el nuevo rol que esta cuarentena impuso: el acompañamiento de les más chiques de la familia en la compleja tarea de aprender. Cada una con su estilo y sus particularidades, con más estrés o más “relajadas”, se internaron con blogs, mails, zooms, meets, edmodos, class rooms, videos, audios y cuadernos (también) intentando que sus hijos e hijas pudieran, de alguna manera, seguir el ritmo que proponía esta virtualización de las actividades escolares.
Y en el medio tratar de sostener los propios trabajos. Tanto Carla como Analía coinciden en que dar clases de danza a la distancia es el doble de cansador. Y si colapsamos nosotras, colapsa el sistema. Se complica seguir…
“Me vi todos los capítulos de Zamba. A esta altura ya soy ´la mamá que lo sabe todo´”, se ríe Analía tratando de ponerle un poco de humor.
Escena tres: ¿Y las docentes? Ups, ellas también son madres
¿Y qué pasa del otro lado de esta ecuación? ¿Cómo hacen las docentes, las maestras -que también son en su mayoría mujeres-, para seguir adelante con la tarea de enseñar y la necesidad de virtualizar los contenidos escolares? ¿Cómo se arreglan para cumplir con lo que la escuela les pide, con lo que las familias demandan y con lo que sus alumnas y alumnos necesitan? ¿Cómo acomodan el trabajo que implica enseñar desde sus propias casas cuando a la vez, también, son mamás y tienen que acompañar a sus propies hijes en sus tareas escolares?
Seguimos en el interior de mi casa y nuevamente el aliado para el encuentro es el Zoom. Esta vez logramos hacer un hueco el sábado a la hora de la siesta. Natalia Urdinola es maestra de nivel inicial y trabaja en la sala de 5 de una escuela privada de Tigre que tiene los tres niveles: jardín, primaria y secundaria. También es madre, pero de tres: Eva (5), Valentino (12) y Manuel (15). Los varones van a la escuela Nacional de San Isidro y la niña es alumna en el mismo jardín en el que ella trabaja, solo que está en la otra sala.
“Esta situación de doble rol como mamá y docente complica un poco más las cosas. En general soy yo la que tengo que ocuparme de Eva porque también estoy involucrada desde lo laboral. Marcelo (el papá) es el que ayuda a los chicos, aunque también estoy con sus actividades en la cabeza siempre”, dice Natalia. Y recuerda: “Cuando escuchaba a la gente que contaba que cocinaba y miraba series y limpiaba la casa y hacía yoga y el tiempo le sobraba, yo decía ¡a mí eso no me estaría pasando! Imagínate que tuve que organizar con mi directora para que no se superpusieran las clases de Eva con las clases que tengo que dar yo, porque no puedo estar en dos lugares al mismo tiempo, aunque sea en mi propia casa”.
El uso de los Zoom generó bastante rechazo entre las maestras de su escuela porque no la consideran una herramienta adecuada para el nivel inicial. “No se trata solo de poner play. Además hay que encontrar un espacio con silencio y un espacio que proteja mi intimidad, porque yo no tengo ganas de mostrar mi casa. Todo eso nos genera muchas contradicciones, porque si bien el objetivo es acercarnos, en el jardín lo que vos haces en la sala queda como algo íntimo de ese grupo, no del grupo y sus familias o vaya a saber de quién más. Ahora las familias miran y participan de lo que vos hacés”, agrega.
A esto se suma, claro, la mayor diferencia que se genera entre aquellas familias que acceden a estos recursos y las que no pueden hacerlo por problemas como, por ejemplo, la conectividad. La “virtualización” de los contenidos escolares sin dudas profundiza las desigualdades y la falta de oportunidades que el Estado debe garantizar. “En el nivel inicial esto no se ve tanto, pero en primaria y secundaria esta situación es algo que no se puede perder de vista”, afirma Natalia.
Escena cuatro: Un Ministerio que trabaja esta temática
Escucho por primera vez a Lucía Cirmi Obón, Directora Nacional de Políticas de Cuidado del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad (MMGyD) en un vivo de Facebook de la Comisión de Trabajo y Previsión del Senado en el que se analizan diferentes proyectos relacionados con el teletrabajo. Si bien la cuestión relacionada con las tareas de cuidado es un tema que impactó de manera decisiva en las vidas de las mujeres desde siempre, generando una situación de desigualdad estructural con respecto a los varones, lo cierto es que este contexto de aislamiento implicó para nosotras una excesiva sobrecarga que ensanchó estas diferencias.
Según una encuesta realizada por Unicef Argentina durante abril de este año, en el 81,2 por ciento de los hogares donde las chicas y los chicos tienen actividades o tareas escolares, en un 68 por ciento lo realizan junto a sus madres. A esto se suma el hecho de que el 51 por ciento de las mujeres asegura sentir mayor sobrecarga en las tareas de cuidado en el contexto de la pandemia.
Otra encuesta realizada por GROW (una organización que trabaja para lograr igualdad de oportunidades para hombres y mujeres en el ámbito laboral) determinó que para las mujeres con hijes, los días de cuarentena pueden llegar a durar entre 30 y 35 horas por la cantidad de trabajo extra que deben hacer.
Por todo esto, la mirada de Lucía es muy importante a la hora de discutir una legislación que regule el teletrabajo y su presencia en esa reunión del Senado es fundamental.
El MMGyD que encabeza la abogada especializada en cuestiones de género Elizabeth Gómez Alcorta es una de las novedades que propuso el gobierno de Alberto Fernández, y si bien la pandemia de COVID-19 en cierta forma restringió su posibilidad de acción, también fue fundamental contar con esta mirada de género a la hora de evaluar diferentes acciones y políticas que el actual contexto requirió. En este sentido, la Directora Nacional de Políticas de Cuidado me cuenta que se trabajó en “una mesa interministerial con el Ministerio de Educación, por un lado, generando justamente tareas escolares con contenidos que hablaran de esta división sexual del trabajo para poder visibilizarla y modificarla. Por otro lado, el Ministerio de Educación está incluyendo estos temas del cuidado en la ESI y hablamos de la importancia de transmitir desde la televisión y las videoconferencias el mensaje de que también sean los padres quienes se involucren y apoyen en esas tareas”.
Equilibrar un poco la balanza y repartir la carga. De eso se trata, al fin de cuentas. De vivir todos y todas un poco mejor. Incluso durante una situación tan atípica como es esta cuarentena.